Jeff Buckley: La emoción de un genio que nunca se apaga Música, memoria y el peso de lo irreparable Viernes, 05 de Diciembre de 2025 Jeff Buckley es uno de esos artistas que parecen existir en un plano propio: un músico cuya sensibilidad desbordante, voz casi irreal y vida fugaz lo dejaron suspendido en ese territorio donde conviven la belleza y la tragedia. “It’s Never Over, Jeff Buckley”, el documental de Amy Berg que llega como parte de la 21ª edición del In-Edit, abraza justamente esa dualidad. No intenta convertirlo en un mártir ni en una estatua de bronce; más bien lo ilumina desde sus vínculos, desde quienes lo quisieron de verdad, desde los lugares pequeños donde su arte respiraba sin presión. Y ahí es donde se agarra al corazón del espectador. El filme parte desde lo más íntimo: el legado emocional que dejó un tipo que jamás pudo encontrar del todo eso que él llamaba “vida ordinaria”. Buckley, que debutó con “Grace” y quedó metido de golpe en un altar del que nunca supo sentirse cómodo, aparece aquí con sus contradicciones a la vista. Berg recoge testimonios de su madre, de sus parejas, de sus amigos músicos, y juntos van armando ese retrato donde el artista convive con el chico sensible, el hijo herido, el enamorado impulsivo y el músico brillante que podía pasar del susurro más frágil a un estallido a lo Zeppelin sin despeinarse. La película recupera con cariño sus primeros años, esa tensión constante con la sombra de Tim Buckley, un padre ausente que lo marcó más de lo que quiso admitir. Y al mismo tiempo muestra su determinación por construir un camino propio, uno donde su voz —esa mezcla improbable de Nina Simone, Robert Plant y un ángel con vibrato veloz— pudiera encontrar refugio. Las escenas en Sin-é son pequeñas joyas: lo vemos ahí, en ese café mínimo del Lower East Side, acompañado por una máquina de espresso que interrumpe como tercer integrante del set. Pero también lo vemos liberar algo primitivo, a medio camino entre la confesión y la revelación. El documental también se permite momentos de humor, como cuando Buckley trata de escapar del absurdo de la fama, especialmente cuando lo eligen entre los “Más bellos” de People. Ese contraste entre lo público y lo íntimo funciona como recordatorio de que Jeff nunca terminó de creer del todo en el personaje que el mundo veía en él. Lo suyo era la música, los cuadernos llenos de garabatos hermosos, las conversaciones en las que podía pasar de hablar como poeta iluminado a contestar con una ironía que dejaba helado a cualquier periodista desprevenido. Esa escena donde, ante la pregunta “¿qué heredaste de tu padre?”, devuelve un “gente que se acuerda de él” con puntería quirúrgica, es una síntesis perfecta de su carácter. Berg no le huye a los momentos oscuros. Están ahí sus quiebres emocionales, su desgaste después de la gira de “Grace”, las dudas sobre el segundo disco, los comportamientos erráticos y ese período final donde parece que todo en su interior se estaba moviendo demasiado rápido. El documental insinúa, sin sensacionalismo, que Jeff venía pidiendo cierres, reconciliaciones, pequeños perdones a las personas que amaba. Nada explícito, solo esas señales que, vistas a la distancia, duelen un poco más. La película evita caer en el morbo sobre su muerte. No es una investigación, ni una teoría; es un homenaje a la vida. El accidente en el río Wolf aparece como un punto final inevitable, pero jamás como el eje de la historia. Porque lo esencial acá es su humanidad, su vulnerabilidad, su talento titánico y al mismo tiempo frágil. Sus canciones —’Last Goodbye’, ’Mojo Pin’, ’Lilac Wine’, ’Hallelujah’— suenan en distintos momentos como hilos que conectan entrevistas, recuerdos y archivos inéditos, y que construyen algo muy parecido a un abrazo colectivo. Cuando la película termina, queda esa sensación dulce y dolorosa de haber conocido mejor a alguien que, de algún modo, siempre pareció cercano. Berg logra que entendamos a Jeff no sólo como el autor de “Grace”, sino como un ser que vivió intensamente, amó intensamente y dejó una marca que —tal como sugiere el título— realmente nunca termina. Uno sale del cine conmovido, con ganas de volver a escucharlo todo de nuevo, incluso con la absurda fantasía de poder retroceder el tiempo para cuidarlo un poco. Y quizá ahí está la gracia del documental: no engrandece su mito, lo humaniza. Y en un artista como Jeff Buckley, eso lo vuelve todavía más inmenso. Agradecemos al Festival In-Edit por abrir este espacio donde la música, la memoria y el cine se encuentran con tanto cariño. No se pierdan la oportunidad de ver este documental en las pocas funciones disponibles: es una experiencia que vale cada minuto y que, como Jeff, se queda resonando mucho después de salir de la sala. Matías Arteaga S. Tags #Jeff Buckley #In Edit #It's Never Over Jeff Buckley Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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