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Opeth

In Cauda Venenum

Opeth

2019. Nuclear Blast

Es increíble pensar que la discografía de Opeth ya cuenta con trece registros y que los cuatro últimos se agrupan en una galaxia lejana a ese death metal progresivo que engalanó su discografía en los 90 y los 00. En la década de los 10, no se han escuchado guturales en la música de Opeth, falta grave para las facciones más duras de la prensa y los fanáticos, quienes argumentan que esta decisión es un atentado a la fórmula que ellos mismos crearon. Los más conciliadores ven esta faceta como un signo de evolución en un grupo que no conoce límites y que se ha ganado con creces un sitial de renombre dentro y fuera de las fronteras metálicas.   

Despejemos las dudas desde el primer momento. “In Cauda Venenum” (2019) sigue la veta progresiva que el combo explota desde “Heritage” (2011), sin guturales de por medio. Después de recorrer la obra completa, es pertinente formular las siguientes preguntas: ¿encajarían los guturales en estas composiciones? ¿Vale la pena seguir esperándolos? ¿Es una real desventaja no contar con ellos? Ciertamente, este es otro disco que no satisface a los románticos de la vieja escuela. Y es que el tiempo ha demostrado con creces que la riqueza de Opeth está en las texturas, en los paisajes sonoros y en la naturalidad de sus movimientos sin ataduras, por lo que la evaluación bajo estándares pretéritos carece de relevancia. Entre más expanden sus melómanos tentáculos, mayor es la cantidad de influencias que abarcan, evidencia que queda al descubierto desde la repetitiva secuencia sintetizada con aroma a krautrock en ‘Garden of Earthly Delights’, hasta el voluminoso clímax de ocho minutos y medio en ‘All Things Will Pass’, conclusión que exalta las bondades técnicas de un conjunto de talentos en el punto más alto de su ejecución.  

Lo pesado no significa brutalidad en la configuración mental de Åkerfeldt y los suyos. ‘Dignity’, ‘Heart in Hand’ y ‘Next of Kin’ no necesitan afinaciones bajas para derrochar contundencia, ya que su grosor recae en progresiones de acordes que no son necesariamente complejas, pero cubren todo con una atmósfera fantasmagórica que ronda hasta encontrar la luz en bellas cadencias. Huelen a esas joyas que quedarán incrustadas en el repertorio de Opeth a fin de lucir un esplendoroso presente. Al final, esa debe ser la apuesta para bandas que llevan tiempo en el ruedo, posicionar las nuevas creaciones dentro del material clásico para que lo más reciente no caiga en la intrascendencia y, en ese sentido, “In Cauda Venenum” defiende bien dicha consigna.

Este puñado de canciones también refleja un proceso de gestación más relajado tras el agotador ciclo de "Sorceress" (2016). Así las cosas, influencias como la elegancia de Kate Bush, la pureza melódica de ABBA y principalmente el pop orquestado de Philamore Lincoln en “The North Wind Blew South” (1970) juegan a cancha abierta en los bríos pastorales de ‘Universal Truth’ y en la delicadeza gótica de ‘Lovelorn Crime’, sin lugar a dudas una de las baladas más preciosas de todo el registro. La alta exigencia interpretativa pone sobre la mesa la mejor ejecución vocal de un Åkerfeldt brillante y un solo de guitarra exquisito del Fredrik Åkesson más inspirado. Si bien las voces son el foco principal de la placa, el desempeño instrumental de Martin Mendez en bajo, Martin Axenrot en batería y Joakim Svalberg en teclados es soberbia en ‘Charlatan’, ‘Continuum’ y ‘The Garroter’, logrando envolver al oyente en un arco dramático de gran musicalidad, con dinámicas cinemáticas que se nutren de un uso mayor de samplers que el vocalista extrajo con su teléfono celular, pero que encuentran su cauce en las perillas del estudio Park comandado por Stefan Boman.

Otro punto a destacar es que la experiencia aumenta exponencialmente cuando el disco se escucha cantado en sueco. Musicalmente es idéntico a su versión en inglés, pero permite apreciar el trabajo de Mikael desde otra óptica en una jugada que no es nueva para el rock considerando los casos de Darkthrone en noruego, Boris en japonés y Magma en kobaïano, lengua creada por el baterista y compositor francés Christian Vander. Con el fin de que ambas versiones no tuvieran distintos nombres, se decidió recurrir al latín para llamarlo “In Cauda Venenum” o “El veneno en la cola”, aludiendo a la idea de que las sorpresas siempre vienen al final, tal como ocurre con un disco que no para de impresionar en todo momento y que reivindica la idea de sentarse a apreciar la música con calma para que no se transforme en un mero ruido blanco.

Se tiende a pensar que Opeth no da pasos en falso, pero no es que sean vacas sagradas en un medio indolente, es que “In Cauda Venenum” demuestra nuevamente que no hay espacio para reclamos. No se puede comparar ni de cerca con la época dorada de “My Arms, Your Hearse” (1998), “Still Life” (1999) o “Blackwater Park” (2001) porque no está en esa órbita, pero sí se ubica unos peldaños más arriba de lo facturado en el primer tramo de su nueva etapa. Cerrando estos diez años con otro largo que mantiene la puerta cerrada a su sonido distintivo, cabe preguntarse qué depara el futuro para Mikael Åkerfeldt y compañía. Hemos presenciado cómo el hombre escarba en los baúles musicales de antaño, pero, ¿hasta qué punto podrá retroceder los relojes? ¿Seguirá anclado en el anacronismo para extraer inspiración? Hasta el momento, es parte de su encanto y lo hace con buen gusto. Si de algo estamos seguros, es que Opeth no se cansa de entregar trabajos de una calidad por sobre la media y eso debe celebrarse. Los que gustan de esta pócima, pueden seguir tomándola con entusiasmo, no así los románticos del pasado, quienes continuarán lamentándose y vagando como fantasmas de la perdición. En todo caso, la discusión ya es bizantina a estas alturas.  

Pablo Cerda




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