Turnstile: Retóricas de un amor que nunca es suficiente Daniel Fang y Patrick McCrory nos hablan de su más reciente LP Lunes, 22 de Septiembre de 2025 Publicado originalmente en revista Rockaxis #264, junio de 2025. En una escena que durante décadas confundió autenticidad con rigidez, Turnstile abre grietas donde florece lo colectivo, edificando un hardcore que ya no grita para excluir, sino que vibra para abrazar. Conversamos con Daniel Fang y Patrick McCrory de su nuevo disco “NEVER ENOUGH” y de su incursión en el cine de la mano de Dreams in Motion. Karin Ramírez «My ex said Turnstile is “pick-me boy” music. Turns out she’s just a hater», sentencia uno de los miles de comentarios que aparecen en la comunidad especializada de los nativos de Baltimore en Reddit, aquella red social que se transforma en el espacio seguro de diversos fanáticos a lo largo del globo. «Toxic relationships suck!, Turnstile rules», cierra aquel catártico comentario en medio de la oleada de expectativas que significa el regreso discográfico de la banda este 2025 con “NEVER ENOUGH”. Lo que parecía una catarsis más en algún rincón de Reddit terminó siendo un espejo del último tramo de Turnstile, un periodo de tensiones, marcado por su vínculo ambivalente con sectores del purismo hardcore. Tras el lanzamiento de “GLOW ON” (2021), surgieron voces que sembraron una duda estéril «¿siguen siendo lo suficientemente "hardcore"?». Así, se reveló que la relación más tóxica no es necesariamente con la industria ni con la crítica, sino con el absolutismo que impone límites creativos a las partituras. En este contexto, aquel disco no fue solo un punto de inflexión para la banda, sino una fractura con cierta crítica especializada, que lejos de reconocer su evolución desde “Time & Space” (2018), intentó fijar el álbum como una obra cumbre, clausurando toda posibilidad de deriva futura. Radiografías de lo sensible Desde esa lógica, “NEVER ENOUGH” vuelve a situarse en el centro de las miradas, no por lo que propone en sí mismo, sino por la carga de expectativas y toxicidades heredadas. ¿Podrá Turnstile replicar el fenómeno que estalló con su cuarto disco? La pregunta, insistente e innecesaria, ya está lanzada. Pero, tal vez lo verdaderamente importante no sea responderla, sino cuestionar por qué seguimos exigiendo a la música que repita su impacto, en vez de permitirle evolucionar y mostrar a corazón abierto de lo que están hechos. “NEVER ENOUGH” está escrito a sangre, ahí donde la herida duele, pero también brilla como arte de crecimiento, y así nos lo describe su guitarrista, Pat McCrory: «diría que aborda muchos elementos emocionales. Habla de la vida, de la pérdida, de momentos felices y tristes. También está muy conectado con lo visual. Muchas cosas se enfatizan más por el acompañamiento de lo que creamos junto con la música». Lo nuevo de Turnstile guarda en su centro una máxima heredada de ‘T.L.C.’: la posibilidad de ser y vernos en medio de hegemonías que asfixian. “NEVER ENOUGH” se alza como una apuesta por la diversidad leída desde una escena históricamente tensionada por masculinidades frágiles y normativas. Como señala su baterista Daniel Fang, «hay una sensación de amplitud, de soledad, de caos en momentos rápidos, y de paz en los lentos… a veces incluso paz en medio del caos». En ese vaivén entre lo desbordado y lo quieto, el disco encuentra su potencia: no como cierre, sino como invitación a habitar lo incómodo, lo vulnerable, lo que desajusta las formas clásicas de pertenencia. El proceso creativo de esta nueva entrega también se erige desde una ética del cuidado, abrazar la diversidad como si transformar el mundo comenzara por ahí. Como si el acto de crear fuera inseparable de validar la voz del otro, de escuchar, de construir en colectivo. Porque para Turnstile, el arte no es un gesto individual, sino una apuesta por la comunidad emocional y política que habita en cada canción. «Al menos para nosotros, que somos una banda con varias personas, es importante que todo requiera esfuerzo, comunicación activa, y encontrar algo que resuene con todos nosotros de forma genuina. Cada decisión se toma por unanimidad. Así que sí, es difícil, pero en el mejor de los sentidos. Si fuera fácil, no sería fiel a lo que sentimos realmente», confiesa Daniel con alegría y con ese tono de quien ha pensado cada palabra con convicción crítica. En tiempos donde la falsa modestia se disfraza de virtud y el éxito se sostiene sobre cimientos frágiles, insistir en la honestidad es un gesto radical. Una verdad que se construye con esfuerzo, preguntas incómodas y coherencia. «Si hay algo a lo que le estamos dedicando nuestras vidas adultas, es a hacer algo difícil, y eso –un álbum, una película– es lo más gratificante que podemos hacer ahora mismo como músicos y como amigos. Así que sí, lo difícil es bueno. Lo difícil es valioso». Romper para reconstruirse, desconectarse para volver a sentir «Disconnected from everything I know», dicen en ‘Don’t play’, canción que se alza como una de las declaraciones de “GLOW ON”. Esa frase, más que un verso, encarna una decisión, una renuncia a certezas heredadas para abrir paso a lo incierto. Es, en sí misma, una forma de performar el desaprendizaje, de fracturar las estructuras rígidas que han definido al hardcore en su versión más ortodoxa. No se trata solo de ruptura, sino de memoria. “NEVER ENOUGH” es huella y reinicio, como si cada disco condensara una época y, a la vez, el impulso de volver a empezar. Un punto de inflexión que nace hace quince años, en los márgenes de un Baltimore íntimo y quebrado, donde la belleza y la precariedad coexisten sin permiso. Porque toda obra cultural es también producción de sentido, inscripción en la memoria colectiva. «Todo lo que hacemos se construye sobre lo que ya hicimos, pero también sobre nuestras experiencias, las cosas que amamos, los sentimientos que nos provocan canciones, películas, imágenes... Cada disco es un reflejo de quiénes somos en ese momento de nuestras vidas», sentencian. La reflexividad de Daniel es el músculo que impulsa este nuevo ciclo, una forma de estar en el mundo que se construye desde el disenso, desde la contradicción, desde la posibilidad de volver a mirar(se) sin nostalgia, pero con una honestidad radical, aquella que se atreve a desafiar una escena que durante demasiado tiempo ha confundido agresividad con autenticidad. Dreams In Motion: Visuales suspendidas en el tiempo Uno de los puntos de inflexión más significativos en la evolución de Turnstile ha sido la construcción de una identidad visual que se atreve a abrazar colores históricamente feminizados y estigmatizados. Si en “GLOW ON” el rosado quebraba la rigidez del canon hardcore, en “NEVER ENOUGH” es el celeste quien toma el protagonismo. No se trata solo de una paleta cromática, sino de una impronta visual como estrategia de fractura, un gesto simbólico que desafía la masculinidad hegemónica del género. Turnstile no solo expande su universo estético, también ensancha los márgenes de lo posible en una escena que durante demasiado tiempo ha confundido agresividad con autenticidad. Y es precisamente de esa apertura sensitiva y simbólica de lo que nos habla Pat McCrory: «las visuales son una forma de conectarse con las letras y con la energía de las canciones. Si solo escuchas la música, te llevarás algo. Pero si le sumas lo visual, se abre un espectro más amplio de emociones. Ojalá los colores sirvan como una imagen memorable que te conecte con lo que sentiste al ver la película que hicimos». Dreams in Motion es el gran umbral que atraviesan los de Baltimore. Una obra que, por primera vez, marca la posibilidad real de entregarse por completo al arte, de vivir de y para la música. Como si habitar un sueño lúcido sostenido en el tiempo les hubiese permitido afinar la sensibilidad y elevar los transmisores hacia el núcleo más íntimo de la creación. «Mientras grabábamos, surgían muchas imágenes en nuestras mentes. Algunas eran muy claras: sabíamos que ciertas canciones necesitaban estar vinculadas al océano o a los cielos azules. Desde ahí comenzó todo. Fue una gran apuesta: ¿hacemos un video por cada canción? ¿Contamos una historia visual que las reúna a todas?», comparte Pat, quien asume aquí el rol de artífice visual en este nuevo universo expandido. «Por ejemplo, ‘Look out for me’ siempre me evocó esa energía visual de un auto atravesando los árboles en Baltimore. Todo eso nació espontáneamente mientras grabábamos», sentencia Pat, reafirmando que esta vez la música vino acompañada de imágenes que laten, de escenas que respiran con el mismo pulso con que suena cada acorde. Turnstile comprendió que, en un mundo saturado de imágenes, es por consecuencia, vacío de permanencia. La obra ya no puede ser solo escuchada, debe también ser mirada, sentida, encarnada. En este gesto, lo visual no es accesorio, sino materia sensible que restituye al arte en su potencia total. En una cultura donde lo digital permite el control absoluto de la imagen, elegir lo analógico es abrazar lo incierto, lo inesperado, lo único. «Muchas de nuestras memorias más profundas están ligadas a películas o imágenes que no se pueden replicar digitalmente. El cine analógico tiene esa magia: lo que capturas, queda. No puedes editarlo demasiado después. Tiene una textura, un grano, una sorpresa... nunca sabes del todo cómo saldrá la imagen. Nos encanta eso», manifiesta Pat. Aquí la fotografía opera como muestra y testimonio. Es presencia convertida en ausencia que se conserva. Cada imagen, al no poder ser repetida ni corregida, deviene archivo afectivo, rastro material de una emoción. Así, lo visual se vuelve no solo registro, sino forma de escritura de lo vivido. Lo analógico introduce una poética del tiempo, retiene lo fugaz, fija lo irrepetible, y en esa paradoja, devuelve a la experiencia su densidad. La fotografía es cuerpo de tiempo. En cada disparo analógico se juega una paradoja vital, fijar lo efímero sabiendo que ya no será. Lejos de la repetición infinita de lo digital, la imagen en cada film fotográfico deviene archivo afectivo, memoria material de un instante que no se puede editar ni repetir: «la fotografía análoga es un milagro químico. Cuando piensas en cómo puedes apuntar algo a una persona y capturar su imagen, da un poco de miedo… es increíble». Turnstile is for the people: Intensidad sin exclusion “GLOW ON” marcó el ascenso de Turnstile a los grandes escenarios y la irrupción de una sensibilidad que desbordó los límites del hardcore. No fue solo una escala de visibilidad, sino una afirmación estética y política en un género blindado por la agresividad. «La gira de “GLOW ON” salió cuando recién comenzaban a reactivarse los conciertos después de la pandemia. Así que cada show se sentía como una celebración. La gente volvía a reunirse, a vivir la música en vivo. Era como una reunión familiar. Fue una experiencia única», cuenta Fang. La reaparición del ritual en vivo, tras el silencio impuesto por la crisis socio-sanitaria, convirtió cada encuentro en un espacio liminal, cargado de intensidad emocional. Pero lo que emergió fue una celebración y reconfiguración del colectivo, donde el público mutó, y con él también lo hizo el campo perceptivo de la banda. Lo íntimo ya no era exclusivo, y lo colectivo dejó de ser homogéneo para hacerse poroso, abierto, múltiple: «empezamos a ver que el público se diversificó. Antes, nuestros shows eran muy hardcore-punk, con un público muy específico. Pero con “GLOW ON” llegaba gente de todos los mundos. Al principio nos preocupaba perder ese ambiente íntimo, pero descubrimos algo distinto, una nueva pureza. Personas que no se conocían compartiendo algo juntos, creando comunidad». La misma tónica se inscribe en el que quizás ha sido el gesto más poderoso de Turnstile en su ciudad: un verdadero hito en la historia contracultural de Baltimore. Cuando el Wyman Park Dell se convirtió en epicentro de un acto de genuina retribución. Un regreso al origen para devolver algo a esa ciudad abigarrada, tantas veces marginada del mapa cultural. Fue una dignificación de lo local, una celebración sin entradas, sin jerarquías, sin barreras. Solo cuerpos, ruido y cuidado. Una comunidad que, por fin, se reconocía a sí misma. «Baltimore es nuestra casa. Es una comunidad pequeña, un punto de encuentro entre ciudades. Queríamos hacer algo para todos, con todos. Sin entradas, sin barreras, sin reglas de teatros. Queríamos tocar con nuestros amigos y que cualquiera pudiera venir. Y también, recaudar fondos para la Healthcare for the Homeless, una organización con la que hemos trabajado antes. Fue una noche mágica. Vinieron personas de todas partes. Fue hermoso”, concluye Daniel. En ese gesto de apertura radical, Turnstile vuelve a poner en tensión los límites de lo posible, hacer comunidad como práctica concreta, encarnada, situada. Donde tocar deja de ser performance para convertirse en cuidado. “NEVER ENOUGH”, Dreams in Motion y todo el imaginario que los rodea, busca profundizar en lo incómodo del cuidado, la pertenencia y lo comunitario. Turnstile no solo hace música, compone afectos, cuerpos comunes, posibilidades de habitar el presente con una sensibilidad que resiste y repara. Tags #Turnstile #2025 Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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