Ozzy Osbourne: El éxtasis de la gloria Un nuevo ritual mancomunado Miércoles, 09 de Mayo de 2018 Martes 8 de mayo, 2018 Movistar Arena A través de sus cinco décadas de carrera, John Michael Osbourne ha recibido muchos apodos artísticos: El Madman, El Príncipe de las Tinieblas, El Padrino del Heavy Metal y después del show de anoche tendríamos que agregar también El Harry Houdini del Rock, porque su aplastante y emotivo concierto fue un acto de total escapismo, pura magia destilada sobre un escenario que nos demuestra que un buen truco se puede repetir veinticinco años después, porque una cosa es lo que se vendes a los medios para promocionar la actual gira y otra cosa es que Ozzy realmente se vaya a retirar. ¿No más giras largas? Puede ser. ¿No más conciertos? ¡Imposible! Una imponente cruz colgada desde lo alto delante de una pantalla de grandes dimensiones, secundadas por otras dos pantallas laterales y una muralla de amplificadores a ambos lados de la plataforma de la batería, le daban un marco imponente al escenario. Suena la intro de O Fortuna la pieza introductoria de la obra Carmina Burana de Carl Orff que desde tiempos pretéritos ha abierto los shows de Ozzy, mientras las pantallas mostraban imágenes de toda su carrera, hizo que los niveles de ansiedad encontrarán su punto de paroxismo al estallar el legendario riff inicial de Bark at the Moon. Fue entonces cuando las miles de voces del recinto lleno a reventar entonaron esa frase que dice Screams break the silence, waking for the dead of night con una devoción casi religiosa, en un acto ritual que ponía la epidermis como piel de gallina justo para reventar en un masivo coro secular gritando con el alma el Bark at the moon. Un juego de luces realmente sensacional con muchos lásers y focos, el magnífico efecto de la cruz colgante sobre las imponentes pantallas HD y un sonido rozando la perfección, hacían presagiar que estaríamos delante de una noche histórica e inolvidable, y así no más fue con Mr. Crowley sonado apoteósica para corroborarlo con esos solos que calan el alma compuestos por el inolvidable Randy Rhoads y con un Zakk Wylde literalmente en llamas para homenajearlo. I Dont Know fue la siguiente con Wylde llenando el recinto con sus armónicos marca registrada y dejando de lado la distorsión grave de Black Label Society, para que los temas de Ozzy sonaran como realmente deben sonar en vivo, como el material clásico e incombustible que es. El primer repaso a la historia de Ozzy con Black Sabbath fue una contundente y abrasiva Fairies Wear Boots donde su lució ese portento de la batería que es Tommy Clufetos (Ted Nugent, Rob Zombie, Alice Cooper, Black Sabbath), donde tras cartón, Ozzy presentó dos veces a cada miembro de su gran banda, la que se completa con Adam Wakeman en teclados y ocasional guitarra rítmica, y el bajista Rob Blasko Nicholson (Prong, Danzig, Rob Zombie), un músico solvente, consiste y con gran presencia escénica, aunque quizás a los fans más longevos les gustaría ver a alguien más histórico en esa posición como el regreso del tremendo y legendario Rudy Sarzo. Los clásicos seguían cayendo uno tras otro y en Suicide Solution Zakk Wylde volvió a tener un momento estelar, aunque durante todo el show su presencia es destacadísima, clavando un solo de largo aliento. Quizás una de las primeras sorpresas de la noche fue la canción No More Tears, que le da nombre a uno de los discos más exitosos en la carrera de Ozzy que fue cantado por todo el público. El show de Santiago era el cuarto concierto de la actual gira y Ozzy con 69 años, se vio lleno de vitalidad, muy rejuvenecido y lo más importante, cantando muy bien, pero muy bien, mucho mejor que en su última visita con Black Sabbath y eso se notó en su gran interpretación de la balada Road To Nowhere que sonó absolutamente emotiva. War Pigs fue otro monumental repaso a Sabbath, en una versión realmente titánica con Clufetos destrozando su kit con sus golpes llenos de potencia, y con un Wylde haciéndole honor a su apellido, bajando al foso de los fotógrafos para tocar un extenso solo primero de espaldas y luego con los dientes, todo esto mientras Ozzy se toma un descanso y deja a su banda haciendo un mix de Miracle Man/Crazy Babies/Desire/Perry Mason, temas que por su calidad merecía ser interpretados completos, de hecho Ozzy podría no tocar ninguna canción de Sabbath porque tiene himnos clásicos de su material solista de sobra para armar dos show completos. Lo siguiente fue el solo de batería de Clufetos y el tipo le imprimió tal velocidad a su percusión que incluso una baqueta salió volando para enganchar con otro himno histórico como lo es Flying High Again, que sonó por primera vez en este tour. Ozzy no se privó de lanzarle agua con un balde a los fans de las primeras filas, antes de atacar con una sorpresa mayúscula de la noche, la interpretación de la tremenda Shot In The Dark el himno de su disco Ultimate Sin de 1986. Al parecer los problemas legales por los créditos del tema junto a Phil Soussan (bajista de Ozzy en ese disco) se han resuelto y por fin pudimos escuchar en Chile ese pedazo de canción que fue bordada por toda la banda, siempre con un papel estelar con ese monstruo de las cuerdas llamado Zakk Wylde y que se dio el lujo de cambiar guitarra en cada canción, con unos diseños realmente bellísimos. Se acercaba el final y Ozzy para asegurarse que la intensidad no decayera ni por un segundo, y que el público se lo siguiera pasando en grande, hizo gritar a la gente como si no hubiera un mañana para interpretar I Dont Want To Change The World y rematar con la locura desatada que siempre provoca Crazy Train. Tras más gritos de la audiencia, los bises llegaron sin que la banda abandonara el escenario y la hermosa balada Mama Im Coming Home fue coreada por todo el público para luego poner el broche de oro con la siempre incendiaria Paranoid y cerrar 105 minutos de brillante actuación, en un show tan soberbio que lo pone solo detrás de su salvaje debut de 1995. Como corolario de una noche extraordinaria, ver a Ozzy de rodillas sobre el escenario con sus brazos abiertos hacia el cielo recibiendo el éxtasis de la gloria, es una postal que se mete profundamente en el alma. Noches como esta deben seguir existiendo hasta la eternidad por la sencilla razón que Ozzy es un animal de escenario, es su hábitat natural y se nutre de la ovación de su fans para que su propia vida tenga un sentido real y profundo; y los fans se nutren de su música, de su carisma inigualable, de su locura que ha cimentado 50 años de gloriosa y salvaje carrera con esos himnos que forman parte del soundtrack de muchas vidas y existencias; todo eso es demasiado gravitante y necesario para que la vida terrenal tenga grandes momentos de comunión humana como este, 105 minutos de ritual mancomunado que hacen que todo valga la pena donde el rock es un refugio sanador y revitalizador, tanto para el público como para el artista. Cristián Pavez Fotos: Producción Tags #Ozzy Osbourne # Ozzy # Zakk Wylde Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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