St. Vincent y Kim Gordon: Nunca se trató solo de música Sesión explosiva y de reivindicación en Santiago de Chile Miércoles, 28 de Mayo de 2025 Martes 27 de mayo, 2025 Teatro Caupolicán, Santiago Galería de imágenes AQUÍ Con el lanzamiento de "The Collective" (Kim Gordon) y "All Born Screaming" (St. Vincent), 2024 fue un año decisivo para las voces femeninas más influyentes de la escena alternativa norteamericana. Dos álbumes que, más que discos, son declaraciones de independencia estética, y con ello, su regreso a Chile, electrizó a quienes han crecido con sus propuestas sonoras. El pasado 2024 trajo un sinfín de "nuevos discos, nuevas drogas". Con el regreso de Kim Gordon al oficio de los estudios de grabación, las críticas se dividieron. La artista fue cuestionada por abandonar el eco de Sonic Youth, pero "The Collective" no es ruptura, sino expansión. Un trance distorsionado que condensa su pulsión más visceral. Kim no traiciona a su alma máter, la trasciende. En este álbum, su voz se vuelve textura y grito, oscilando entre la furia rítmica y la poética de lo impuro. Annie Clark, por su parte, cerró un ciclo performático. Tras la teatralidad de "MASSEDUCTION" (2017) y "Daddy’s Home" (2021), "All Born Screaming" (2024) es piel sin artificio, donde cada track late como una confesión. Frente a un mundo que exige formas fijas, ella elige el temblor. En efecto, Clark no busca la complacencia de la crítica o los algoritmos, ella se entrega en un disco que desobedece. Que respira, grita y cuestiona los regímenes estéticos donde la opinión se petrifica en dogma. Ambas resisten desde la creación, desafían cánones, incomodan al purismo y hacen de la vulnerabilidad una forma de poder. En sus discos no hay concesiones, solo un llamado a habitar la disidencia sonora. De ese pulso se nutrió la jornada del 27 de mayo en el Teatro Caupolicán. Una noche donde el ruido fue lenguaje, y la intensidad un refugio. Kim Gordon: Lo personal siempre fue político "Cuando subimos al escenario para dar nuestro último show, la noche giró en torno a los chicos". Así comienza "Girl in a Band", texto medular en lo que respecta al mundo de la música, pero también una pieza clave para las mujeres que en la refracción, encuentran una voz disidente ante el establishment de lo social. La elección de aquella cita no es antojadiza, tampoco busca ser un mero guiño a los 10 años que se cumplen del lanzamiento de esta pieza clave en las bibliotecas de quienes vibran en entornos literarios, sino más sino más bien es el sustrato narrativo y argumental de las siguientes líneas, porque es el reflejo vívido del posicionamiento de la voz enunciativa de la mujer que vivió en carne propia las beligerancias de los rizomas del accionamiento del patriarcado en un espacio que se construyó para hombres. "Todo en ella es político", se escucha entre conversaciones. Porque la verdadera Little Trouble Girl sale a escena con una polera con la consigna "Gulf of Mexico", haciendo eco de las decisiones sin sentido de un mandatario que llegó al poder a punta de desinformación y comunicación de masas. "Todo en ella es político" resuena como una reverberación inevitable. Porque sí, Kimlet entendió, desde la complejidad misma de la existencia, que el arte, la confección y la música pueden ser territorios de resistencia. En este marco, la performance de Kim Gordon parte desde ahí, desde la declamación, desde lo impuro, desde lo refractario. Transita una diversidad de sonoridades que desestabilizan cánones estéticos y simbólicos. En su hacer, desafía estigmas y desmonta estructuras que, de forma sistemática, han instalado a los hombres como figuras incuestionables del hardrock, relegando a mujeres y disidencias a la periferia de la escena. Su presencia no solo incomoda ese orden; lo fractura desde dentro, reclamando el derecho a performar con furia, ruido y deseo en un territorio que históricamente les fue negado. Cada decisión escénica, una estocada al falso perfeccionismo como única vía de consideración de antojadiza crítica de "buen show". Luces bajas, porque acá la iluminación es parte de un juego colorimétrico. Pantallas con guiños vintage, imágenes que capturan momentos. Una puesta en escena muy al estilo Kim Gordon: "Que mi música hable por mi". La ansiada 'BYE BYE' irrumpe en escena, celebrada por un público que ya la había hecho suya a través de la viralización en redes sociales. Tan expansiva como compleja, se entrelaza con 'I Don’t Miss My Mind' y 'I’m a Man', componiendo un tríptico sonoro que transita entre la ironía, el desencanto y la afirmación de una subjetividad disidente. Kim Gordon no canta, interpela. Su presencia en el escenario es un acto de resistencia que desborda las lógicas convencionales del espectáculo. El cierre llega con la fuerza de una declaración: 'Hungry Baby' y 'Cookie Butter' conforman la dupleta final que sella el regreso de quien fuera despojada incluso de lo que parecía eterno. Kim se retira sin concesiones, como la dueña indiscutida de este fragmento de tiempo, dejando tras de sí un rastro de imágenes inconexas, distorsión y fuerza performativa. Porque aquí la coherencia no es el horizonte; lo importante es el cuerpo, la presencia, la desobediencia. Supo politizar su performance en tiempos de hegemonías estéticas dóciles. St Vincent: Llena eres de gracia Minutos en tensión se toman la pausa entre Gordon y Clark. El equipo trabaja raudo y sin tensiones. Saben lo que están haciendo. El tiempo juega como enemigo, pero al contrincante no se le baja la mirada. Las expectativas son altas, algunas comentan la posibilidad de que salga Mon Laferte, otras creían que podía salir Kim Gordon a escena y sumar al setlist 'Lithium' o 'Aneurysm' de Nirvana, emulando la participación de ambas en la ceremonia de inducción del trío de Seattle al Hall of Frame del Rock and Roll. Pero la historia se comenzaba a contar desde ahí, desde la sorpresa, porque no hay nada más característico de Annie, que la capacidad de sorpresa. Con excelsa pulcritud, St. Vincent toma lugar en el escenario como quien flota. Se instala con la elegancia de aquello que no necesita anunciarse. En ese instante, el escenario ya le pertenece. La iluminación en directa coherencia con cada gesto y cada acorde. 'Reckless' abre la jornada, una decisión que no ha cambiado desde la última vez que conversamos con ella. Lo primitivo del grito se erige desde los albores de la existencia, las dualidades de la dialéctica presencia-ausencia, algo así como la hipótesis del susurro y el grito. Con un perfecto look cuidado, mismo que ha tomado protagonismo en esta gira, el blazer se hace parte de una performance que es coherente al sustrato de voz enunciativa, una que parte desde una existencia que se circunscribe como punto de fuga, como conceptualiza Guilles Deleuze. Una mujer que desde niña cimentó una personalidad misteriosa, pero refractaria; silenciosa, pero llamativa. Instintivamente creativa. 'Fear the Future' irrumpe como un presagio brillante, abriendo el segmento teñido por los pulsos sintéticos de "MASSEDUCTION" (2017). Le sigue 'The Ageless', y con esos dos golpes certeros, Annie ya tenía a Chile en su bolsillo. La escena se suspende un instante; se toma un tiempo para coordinar, respirar, y presentar a su banda con un afecto que trasciende el protocolo. "Soy afortunada de tenerlos como músicos, pero más aún de poder llamarlos amigos". El repertorio viaja por otros tres vértices esenciales de su discografía: "Strange Mercy" (2011), "Actor" (2009) y "Daddy’s Home" (2021), este último convocado solo a través de sus sencillos, como si lo íntimo de su relato encontrara su cauce en la alusión más que en la exposición directa. En cada transición, St. Vincent fusiona precisión técnica con una sensibilidad que conmueve sin solemnidad. Su control escénico es absoluto, pero nunca frío. La emoción no eclipsa el rigor, y la forma no contiene la intensidad. La doncella de porcelana conecta con un público de una forma sublime, tan natural como si hubiese nacido para esto. Razón por la que 'New York', se vuelve la canción de interpretación colectiva. Annie comanda la tonada desde el público, el crowdsurfing se vuelve parte de un todo. El cariño se desbordaba desde cada rincón del Caupolicán, pero eran los zapatos los que realmente volaban por el aire. Tras el gesto, irrumpe el blooper de la noche, un asistente toma el micrófono y, con voz urgente, lanza la súplica que desata carcajadas colectivas "¡devuelvan los zapatos, hueón!". Llegados al final de la presentación, y casi como un setlist escrito de forma anacrónica, "All Born Screaming" cierra el show. Finalizar con el track inicial del álbum que da sentido a esta gira, es como llegar al final de "Crónicas de una muerte anunciada". Annie, la cabeza protagonista de estos mundos, deja el escenario reconociendo y problematizando sobre la complejidad de lo primitivo del ser humano: Todos Nacen Gritando. El encore llega con 'Candy Darling'. Annie, sola al frente y escoltada apenas por los teclados. En ese gesto íntimo, casi confesional, se condensa el espíritu de toda la jornada. Como diría Foucault, la crítica permite que saberes silenciados reaparezcan, y eso fue este concierto, un acto de reaparición de voces que no piden permiso para ocupar el centro. Porque lo vivido en el Caupolicán fue rizomático, una trama de afectos, memorias, rupturas y potencias que se entrelazaron para construir algo más que un show. Nunca se trató solamente de música. Se trató de disidencia, de cuerpos que resisten, de feminismo, de cultura encarnada y emociones afiladas. Fue una noche donde la sensibilidad fue política y la belleza, una forma de rebelión. Nunca se trató solo de música. También se trató de arte, de resistencia y rebeldía. Karin Ramírez Raunigg Fotos: Joselyn Heyden Tags #St. Vincent #Annie Clark #St Vincent #Kim Gordon Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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