HYDE: Catarsis, oscuridad y una voz incorruptible Ritual de fuego y devoción en el Caupolicán Sábado, 06 de Septiembre de 2025 Viernes 5 de septiembre, 2025 Teatro Caupolicán, Santiago Galería de imágenes AQUÍ HYDE es una figura imposible de encasillar. Su sola presencia es capaz de alterar atmósferas y redefinir lo que entendemos por espectáculo. Desde los noventa, cuando su voz lideró a L’Arc-en-Ciel en la conquista de Japón y luego del mundo, hasta su faceta con VAMPS y una carrera solista tan oscura como magnética, el artista nipón ha demostrado ser un alquimista del rock: mezcla teatralidad con crudeza, sutileza con violencia, intimidad con grandeza. En él, cada gesto es un acto de arte, y cada canción, un manifiesto. Chile lo sabe bien. El vínculo entre HYDE y el público local se ha ido forjando con los años, y no solo a través de los conciertos. El artista no ha ocultado nunca su afecto por este rincón del sur del mundo, al punto de bromear sobre su amor por el vino chileno y confesar lo mucho que disfruta la pasión que lo recibe en cada visita. Ese lazo no es un detalle anecdótico: es un componente real de la complicidad que se siente en la sala cuando pisa un escenario nacional. Y fue precisamente esa complicidad la que marcó el viernes 5 de septiembre de 2025, cuando el Teatro Caupolicán se transformó en un templo rojo, vibrante, casi infernal, para recibir a uno de los artistas más influyentes que ha pisado estas tierras. La irrupción fue inmediata, con 'LET IT OUT' como detonante de una energía desbordante que, lejos de disminuir, se amplificó en 'AFTER LIGHT' y 'DEFEAT'. Tres golpes secos que marcaron el pulso de la noche y anunciaron que aquello no sería un concierto común, sino un ritual de intensidad arrolladora. La ovación alcanzó su primer gran estallido con 'DEVIL SIDE', recuerdo ardiente de su época con VAMPS, donde el público chileno respondió como si se tratara de un himno propio. Luego vinieron 'TAKING THEM DOWN' y 'ON MY OWN', piezas que consolidaron la comunión absoluta entre artista y audiencia, un ida y vuelta de energía que no dejó grietas para la indiferencia. El viaje tomó un matiz diferente con 'Tokoshie', una interpretación más etérea, cargada de atmósfera, que preparó el terreno para uno de los momentos más celebrados de la noche: un cover de 'Faint' de Linkin Park, que HYDE hizo suyo con un dramatismo impecable. El público, incrédulo y agradecido, rugió con la fuerza de miles de gargantas, como si Chester Bennington estuviera presente en espíritu. Desde ahí, el concierto se internó en un terreno más oscuro y visceral con '6or9' y la electrizante 'MAD QUALIA', mientras que 'SOCIAL VIRUS' y 'MIDNIGHT CELEBRATION II' empujaron al Caupolicán a un frenesí absoluto. Para cerrar la primera parte, 'LAST SONG' bajó el telón con un dramatismo sublime, casi como una plegaria cantada en comunión, dejando a todos suspendidos en una mezcla de silencio y emoción contenida. El encore fue una cascada emocional. 'PANDORA' reactivó la adrenalina, preparando el terreno para 'HONEY', himno eterno de L’Arc-en-Ciel que hizo cantar a todo un teatro –viejas y nuevas generaciones unidas en un mismo aliento–. 'MUGEN' llegó justo después, como una ráfaga de energía anime: esa canción de apertura del anime "Demon Slayer: Kimetsu no Yaiba" (cuarta temporada), interpretada por My FIRST STORY junto a HYDE, sumergiendo a la audiencia en un trance hipnótico, antes de liberar toda la fuerza con 'GLAMOROUS SKY', himno inmortal del cine japonés que desató un estallido colectivo. El cierre fue con 'SEX BLOOD ROCK N’ ROLL', regreso a la época de VAMPS, donde la electricidad del momento alcanzó su punto más salvaje, como si la sangre y el fuego se mezclaran con cada acorde. Más allá de los títulos y las sorpresas, lo verdaderamente fascinante fue constatar que la voz de HYDE se mantiene incorruptible. Su rango, su expresividad y su fuerza parecen intactos, como si el tiempo no lograra tocarlo. Cada movimiento, cada palabra, cada gesto estuvo cargado de teatralidad, pero nunca impostada: era pura autenticidad, pura entrega. Y esa entrega encontró eco en el público chileno, que respondió con lágrimas, gritos y ovaciones interminables, reafirmando una relación que va mucho más allá de la música. HYDE no ofreció simplemente un concierto. Lo que sucedió en el Teatro Caupolicán fue una misa eléctrica, un ritual compartido, un viaje emocional y estético de una magnitud pocas veces vista en Chile. Fue el encuentro de un artista irrepetible con una audiencia que lo venera como a un sacerdote del rock. Y en ese intercambio, sellado con música, devoción y —cómo no— una copa imaginaria de vino chileno, quedó claro que el vínculo entre HYDE y Chile seguirá escribiendo nuevas páginas en el futuro. Matias Arteaga S. Fotos: Aarón Castro Tags #HYDE Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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