Opeth: El testamento de una consagración Los suecos llevan su historia con Chile a un nuevo nivel Lunes, 02 de Noviembre de 2026 Domingo 1 de noviembre de 2026 - Santander Arena Galería de imágenes AQUÍ. La última vez que Opeth tocó en Chile fue gracias al Masters of Rock 2025, defendiendo el aclamado “The Last Will and Testament” (2024) en el entonces Movistar Arena. Integrados en un cartel de dos días que incluía a Scorpions, Judas Priest, Europe, Savatage y Queensrÿche, además de los nacionales Pentagram y Enigma, los liderados por Mikael Åkerfeldt tocaron ante el mayor marco de público que habían tenido en nuestro país. Podría haber sido la segunda instancia de este tipo si se hubiese llevado a cabo el RockOut 2017, pero como sabemos, ese festival nunca vio la luz. Tras aquella conquista, el desafío era llevar su relación con una de sus fanaticadas más fieles al siguiente nivel: un concierto propio en el ahora Santander Arena. Si pensamos en la trayectoria de este lazo musical, desde sus primeras visitas a escenarios como el Teatro Caupolicán o incluso el Nescafé de las Artes, estamos ante el testamento de una consagración en tiempo real. Si a lo anterior le sumamos la inclusión de Mar de Grises como acto de apertura, tenemos una combinación ganadora. Hablamos de la banda de doom metal chilena que ha llegado más lejos en el ámbito internacional, una medalla que lucen orgullosos con un show demoledor y apasionante. Los nacionales llegaron con el respaldo de su paso por el Cryptic Celebration VII a solo días de esta presentación, en un cartel que completaron junto a Poema Arcanus, Mortajas e IIII, una especie de antesala para un hito tan importante. Ante un gran marco de público, el vocalista y encargado del sintetizador Juan Escobar, el baterista Pablo Martínez, el bajista Rodrigo Gálvez y los guitarristas Rodrigo Morris y Sergio Álvarez desplegaron un setlist acotado que se detuvo en su disco más progresivo, “Stream Inwards” (2010), con ‘Starmaker’, ‘Shining Human Skin’ y ‘The Bell and the Solar Gust’ brillando en la primera parte. Además, agregaron parte de su futuro disco con ‘Surrender to the Fall’, que contó con el beneplácito del respetable, entre palmas y la fuerza de los intérpretes sobre la tarima. De hecho, el trío de cuerdas lucía concentrado en las partes más bajas y se entregaba al headbanging en las secciones álgidas, mientras Escobar apretaba el micrófono con fuerza, alternando entre voces limpias y guturales, esta vez lejos del sintetizador. Por su parte, Martínez se debatió acaloradamente entre la potencia técnica, la lentitud lapidaria y un doble pedal furibundo en ‘Recklessness’, una actuación pasional que sin duda es el corazón de esta nueva etapa de la banda. Como se expresó al inicio de este análisis, el quinteto llegó lejos en la primera etapa de su carrera. Hacer una pausa y regresar con este nivel no es algo que todos puedan contar. Verlos aquí, ante varios que quizá los descubrían en ese preciso momento y otros que ya conocían su legado, es historia pura. Mar de Grises demostró que el doom metal chileno tiene una calidad excelsa, y también evidenció que esta segunda etapa de su carrera se vive con el aprendizaje de sus logros y las ganas de sumar más kilómetros en el camino. La oscuridad no conoce fronteras. Puntuales a las 20:00 horas, el baterista Waltteri Väyrynen, el bajista Martín Méndez, el tecladista Joakim Svalberg, el guitarrista Fredrik Åkesson y el también guitarrista, vocalista y líder Mikael Åkerfeldt salieron al escenario con ‘§1’ y la escenografía de su último disco en las pantallas. Desde la platea baja sur, el sonido tardó en ganar potencia, algo esencial para las secciones álgidas de este primer párrafo. En todo caso, la cancha se prendió al instante y, por supuesto, los apodos chilenos surgieron antes de ‘Hjärtat vet vad handen gör’, o ‘Heart in Hand’ en su versión en inglés. Todo un deleite escuchar esta potente canción en sueco, además con el apoyo vocal de Fredrik Åkesson, un escudero de primer orden. En ‘Godhead's Lament’ cambió el panorama: toda la solemnidad se convirtió en bestialidad con esta joya de “Still Life” (1999), en la que Åkerfeldt gruñó con fuerza y se lució con un solo de guitarra para echarse al público al bolsillo, con las voces del Santander Arena siguiendo sus dedos en el mástil, un código irrompible entre la banda y sus seguidores. Confesando que ya estaba sudando a la tercera canción y dando el saludo de rigor —“somos Opeth de Suecia”—, Åkerfeldt le preguntó al público: “¿Qué están haciendo aquí si Iron Maiden está tocando en la ciudad?”, lo que obviamente desató las risas. Y no solo eso: se largó con dos anécdotas. Primero contó que fueron a un mall de la capital y les pidieron fotos. “Parece que somos famosos aquí”, bromeó. La segunda estaba relacionada con Iron Maiden. Contó que, a lo largo de los años, conoció a la banda y, en especial, a Bruce Dickinson. Se encontraron en el Hammersmith Odeon y el vocalista de la Doncella de Hierro le preguntó cómo hacía sus voces guturales, para luego tratar de imitarlo. “¿Han escuchado a Bruce Dickinson haciendo guturales de death metal? ¿No? ¡Pues yo sí!”. Nunca se sabe qué va a contar Åkerfeldt frente al micrófono, pero podemos asegurar que no es un guion: son esas interacciones genuinas con un público que quiere y respeta a Opeth. Argumentando que ellos no tocan con música pregrabada, Åkerfeldt bromeó también con que iban a hacer trampa esta vez para tocar ‘§7’ con la voz de Ian Anderson, de Jethro Tull, a través de los parlantes, ya que “no podían costear” su presencia en el escenario. De todas formas, la canción se desarrolló con las pantallas ardiendo en rojo y una prominente actuación del tándem Méndez-Svalberg, en la que bajo y teclados intercambian notas en una acalorada conversación musical. Luego, el líder advirtió que la siguiente canción, ‘The Devil's Orchard’, no era del gusto de muchos, pero esa aseveración quedó en falta con la reacción del público. Si ampliamos la mirada a la base rítmica e incluimos a Väyrynen, tenemos un motor funcionando a pleno en términos progresivos. El pulso de los tres instrumentos, en especial en la parte media, eriza la piel y confirma que, si bien no forma parte de la etapa más celebrada del grupo, sí se quedó con justa razón en el setlist. Alcanzando ya la mitad del concierto con ‘Windowpane’ y ‘The Grand Conjuration’, podemos evidenciar que estamos ante uno de los setlists más progresivos de la banda en Chile. El contraste entre la delicadeza gótica de la primera y la complejidad metalera de la segunda sirve como panorámica de los mundos que el quinteto logra conjugar. La combinación de piezas clásicas como ‘Demon of the Fall’ y ‘The Drapery Falls’, con ‘§3’ en el medio, consolida esta perspectiva: Opeth realiza una lectura de su catálogo que no es obvia y, aun así, logra construir un relato sónico que deja satisfecho al oyente. La elección de ‘Hex Omega’ para cerrar esta primera parte fue la pieza que faltaba para completar un puzle en el que un tramo importante de su discografía aportó complejidad, ímpetu y elegancia a partes iguales. Tras el encore, ‘Deliverance’ selló el pacto con el respetable en los términos habituales: precedida por el cover de ‘You Suffer’, de Napalm Death, el saludo en español de Martín Méndez y los apodos: Peluca, Di Caprio, Morticia —bautizo de Väyrynen— y Miguelito. Como era de esperarse, el mosh en medio de la cancha no se hizo esperar en la primera parte de un ritual que no puede estar ausente. Uniendo los cabos con el resto del análisis, la canción encaja en cualquier enfoque que adopte la banda: es el punto en el que se conjugan la brutalidad del death metal y el sentido progresivo. Es la foto de Opeth en su máxima expresión y ver esa manifestación a lo grande en el Santander Arena fue un sueño cumplido. Con un poco más de dos horas de show, la escuadra sueca excedió cualquier expectativa, ya que tuvo todos los ingredientes para coronarse como una de las mejores presentaciones del quinteto en tierras nacionales. Sí, todos adoramos la intimidad de recintos más pequeños cuando se trata de este tipo de música, pero ya era hora de que Mikael y los suyos subieran el siguiente escalón, con un escenario más grande a sus pies, además de una propuesta visual a la altura con las pantallas trabajando como un integrante más. Nuevamente, el público chileno dio cátedra de la pasión que se desata cada vez que nos visitan. Si el grupo se va a tomar una pausa, como dijo Åkerfeldt, la fanaticada vivió esta instancia a concho y escribió un nuevo párrafo en este testamento firmado con sangre entre Chile y Opeth, dejando como herencia la consagración de un cariño que se construyó concierto a concierto, riff por riff. Pablo Cerda S. Fotos: Sergio Mella Tags #Opeth #Mar de Grises #2026 Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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